Murcia es esa gran desconocida con una huerta magnífica que abastece a toda Europa. También una ciudad de elegancia barroca en la que late el pulso de la calle. Una urbe amigable, perfecta para caminarla despacio y a la que no sólo se viene a visitar monumentos, que los tiene. Hay que mezclarse con los murcianos, vivir la calle, entender el ritual de la barra y sucumbir ante los productos vegetales –junto a pescados, mariscos y carnes- que en esta región son religión.
Si buscas una escapada donde el turismo gastronómico sea el hilo conductor, toma nota. Te cuento qué ver y qué comer en Murcia para que tu visita sea, como dicen por aquí, de categoría.
Lo que no puedes dejar de ver
La ciudad se camina fácil. La catedral de Murcia, con su imponente fachada barroca, es el punto de partida obligado. No te pierdas el Real Casino de Murcia, un delirio ecléctico con un patio árabe que te deja sorprendido. Pero el verdadero pulso de la ciudad se toma en sus plazas: la de las Flores y la de Santa Catalina, donde el aroma a clavel se mezcla con el del pastel de carne recién horneado.
La Catedral de Santa María: es el corazón de la ciudad. Su fachada barroca es imponente, una de las más espectaculares de España. Recomendable subir a la torre del campanario (el segundo más alto del país después de la Giralda) para otear los tejados de la ciudad y el horizonte de la huerta.
El Real Casino de Murcia: uno de los edificios más emblemáticos de la ciudad, es un club privado que permite visitas. Resulta un viaje en el tiempo; una mezcla de distintas corrientes artísticas, desde su patio neonazarí inspirado en la Alhambra hasta su preciosa biblioteca inglesa o el fastuoso salón de baile.
Museo Salzillo: aquí se respira la esencia de la Semana Santa murciana. Las tallas barrocas de Francisco Salzillo son de un realismo sobrecogedor.
Plaza de las Flores y Santa Catalina: son el epicentro del tapeo. Siempre concurridas, están llenas de locales de restauración y terrazas. En la encantadora plaza de las Flores nacen infinidad de callejuelas peatonales, plagadas de bares.



El Mercado de Verónicas, visita obligada
Si quieres saber por qué Murcia es la huerta de Europa, entra en el mercado de Verónicas. Es el lugar para comprar salazones (hueva de mújol y mojama, el «caviar» local), encurtidos, pimentón de la Vera con D.O., marisco (ojo a las quisquillas y la gamba roja) y ese chato murciano (cerdo autóctono) que es protagonista en las mesas de la región. No te vayas sin un manojo de alcachofas o unos tomates «huevo de toro». A su alrededor del mercado hay toda una serie de pequeñas tiendas gastronómicas de embutidos (Facono), vinos (La Diligente) , quesos (La Lechera de Burdeos, con degustación) , o panes (Verónica, Colmado de Pan) que merece la pena conocer.


El arte del tapeo murciano, de la marinera al zarangollo
El aperitivo en Murcia es sagrado. La reina es la marinera, una rosquilla crujiente con ensaladilla rusa puesta encima, coronada por una anchoa en salmuera (si lleva boquerón es un marinero, y si no lleva nada, una bicicleta).
No hay que dejar de probar el zarangollo (un revuelto de calabacín y cebolla que es pura seda) y el pulpo al horno, asado con cerveza, vino blanco y pimienta. Son habituales los pasteles de carne, los montaditos de todo tipo, sin olvidar el marisquito, el pescadito frito, mil cosas apetecibles. ¿Para beber? Una caña bien tirada de la cerveza local, Estrella de Levante,o un vino de la D.O. Jumilla, Bullas o Yecla.
La Pequeña Taberna. Pza. de San Juan, 7. Tel.: 968.219.840. Precio medio: 40-50 euros.



Dónde comer en Murcia
Bien puesto, muy animado, es un referente de la cocina tradicional y el producto. Sus alcachofas «de la abuela» son legendarias. Buen jamón, verduras, embutidos y salazones. También pescados y carnes. Las marineras y caballitos (langostino rebozado en brocheta) salen sin parar de la cocina. Riquísimo zarangollo o el pisto de la huerta. Y de postre el imprescindible paparajote. Buena bodega.
Pura Cepa. Pza. Cristo del Rescate, 8. Tel.: 968.217.397. Precio medio: 30-50 euros.
El lugar ideal para los amantes del vino y el picoteo ilustrado que lleva 45 años rendido al producto y la tradición. ¿Qué pedir? Calamar de playa de Guardamar a la plancha, alcachofas con salsa de vino y almendras, el tartar de atún o el revuelto de pulpo al pimentón. Pero hay muchas cosas más. Y todo está rico.
Jota Ele. Pza de Santa Isabel, 6. Tel.: 968.220.730. Precio medio: 45-60 euros.
Abierto en 1981. Un clásico que nunca falla y que ha sabido renovarse con ciertos toques de cocina actual. Sus frituras y sus guisos son estupendos. Los pescados, como la lubina entera en adobo, llegan a diario de la plaza. En la bodega, una selección vinícola apabullante.
Hispano. Radio Murcia, 4. Tel.: 968.216.152. Precio medio: 50-65 euros.
Tradición familiar (data de 1926) que ha sabido evolucionar. Un restaurante total donde lo mismo disfrutas de una barra que es un auténtico espectáculo, que de un comedor donde el cabrito asado es el rey. No hay que pasar por algo los platos de verdura, el marisco hervido de lonja, los arroces o el caldero de dorada.





Dos restaurantes contemporáneos imprescindibles
Almo de Juan Guillamón
Madre de Dios, 15. Tel.: 868.069.557. Precio medio: 80-90 euros. Menú degustación: 110 euros (sin vinos).
La estrella Michelin que brilla con luz propia. El chef murciano Juan Guillamón (42 años) cocina el territorio con una sensibilidad cosmopolita muy contemporánea. Su viajada trayectoria le ha llevado a trabajar con referentes como Francis Paniego (2 * Michelin) , Juan Mari Arzak (3 * Michelin), Dani García (2 *Michelin),o su paisano Pablo Glez-Conejero (2 * Michelin). También a ser el chef del equipo de Ferrari Formula 1 durante seis años, con los que viajó por todo el mundo. El alto nivel de su cocina se aprecia desde los primeros snacks del menú. Una cocina técnica bien argumentada, sabrosa y delicada, con platos que remiten a la memoria murciana. Platos elegantes, con múltiples matices de sabor y texturas, sea el ajoblanco de coco con gazapacho de remolacha, la sepia con hinojo y apionabo en salazón, las natillas de foie con compota de calabaza totanera, el arroz de Calasparra con verduras y bacalao, la ventresca de atún rojo con chirivía… Todo gusta. Alta cocina sin ambages, creativa y muy personal. Y su bodega, en consonancia.




Polea
Almohájar, 2. Tel.: 614.146.978. Precio: 50-65 euros.
El bilbaíno Alberto Pardo en la cocina y la murciana Pepa Villa en la sala son la pareja profesional y personal (se conocieron en Edimburgo estudiando y trabajando en hostelería) que lleva las riendas de este restaurante de cocina mediterránea de mercado y producto de calidad. Abrieron en 2019 y su trayectoria en estos años se ha consolidado. Un espacio hecho a su imagen y semejanza, minimalista, pequeño, un punto nórdico. Sólo trabajan con menú a precio fijo (48 euros, sin bebidas), que cambia a menudo –aproximadamente cada 5 semanas- rendido al producto local. Apuestan por las variedades tradicionales y una cocina de temporada, técnica afrancesada y emplatado nórdico. Una filosofía que se traslada a las elaboraciones, curando los pescados, haciendo los encurtidos y fermentos y con una filosofía de aprovechamiento del producto, muy propia del norte de Europa. Siguen el relato desde el principio del menú. En el pan hueco con emulsión de huevo y bonito (marinera reinventada), en la tarteleta de morralla de pescado asado con emulsión de caldero murciano, o el milhoja de patata crujiente, limón y oliva (de repetir y repetir). Muy fresca y vegetal la crema de vaina de quisantes con berberechos, el espárrago verde de Baranda de Gervasio (Murcia) con fresas y holandesa de mújol (curioso muy nórdico); la pasta fresca casera, acidulada, clorofílica, con gambita cruda; la jurela (jurel grande) semicurada a la brasa con fideos de colinabo…. Platos creativos, ligeros bien concebidos, con una base afrancesada clásica magnífica. Muy meloso el cordero segureño cocinado a baja temperatura. Conviene dejarse un hueco para el postre (por ejemplo la breva a la brasa con melaza de higuera y crema de queso azul). Y si hay ganas, tabla de quesos para rematar. Singular propuesta vinícola a cargo de Pepa.





Qué comprar como souvenir de la gastronomía murciana
No dejes la ciudad sin pasar por una pastelería para llevarte un pastel de carne (hojaldre fino, carne, huevo y chorizo) y, por supuesto, los paparajotes: esa hoja de limonero rebozada en masa dulce y frita que es el símbolo dulce de Murcia, cuya hoja no se come (es un mero soporte de la masa que aporta, además, un toque alimonado).
Por supuesto es imprescindible comprar alguno de los salazones de los que los murcianos son maestros, sea unamojama de mújor, huevas de maruca o un atún en semisalazón. O cualquiera de sus embutidos, las longanizas (blanca o roja), la morcilla de cebolla, la sobrasada murciana (con un curado y sabor diferente a la mallorquina), la butifarra de la región, el morcón (que no lleva sangre de cerdo y si muchas especias) o el blanquito, un embutido suave y delicado que se toma frito o en guisos.
Si lo que te gustan son los quesos, decídete por alguno de leche de cabra murciana (fresco, curado o al vino). Y acuérdate de alguno de los productos de calidad que cuentan con DO, como el arroz de Calasparra o el pimentón. Y no olvides los vinos de las tres denominaciones de origen de la región de Murcia: Jumilla, Yecla y Bullas.




